Impresiones de un lugar llamado India

India no es sólo un país lejano en otro continente. India podría considerarse un planeta único en si mismo. No se me ocurre absolutamente nada con lo que compararlo. Todo sorprende. Todo llama la atención. Todo deja con la boca abierta. Los colores, los olores, los sonidos, y sobre todo las miradas.

Sorprende pensar que la gente sea capaz de sobrevivir, día tras día, en un sitio tan insalubre, tan sucio, tan caótico, tan inmundo, y a la vez tan lleno de magia. Contrastes.

Vertederos en medio de cualquier parte. Cerdos, vacas y perros mugrientos que rascan lo que pueden de una basura ya rebañada. A lo lejos, una bici con un padre y su niña atravesando un improvisado vertedero, en mitad del pueblo, como si de un paisaje de amapolas se tratase. Olor a basura y a putrefacción. Sonrisas. Niños que caminan sin zapatos entre las vías de tren, incluso entre trenes en marcha, saco sobre el hombro, en busca de botellas de plástico que transformar en unas cuantas rupias.

Lavanderías a orillas del río Yamuna con el Taj Mahal como gran espectador, día tras día, amanecer tras amanecer. Mujeres, hombres y niños que lavan la ropa con agua turbia golpeando las prendas contra una piedra. Colores tendidos al sol, sobre la arena caliente. Hombres que cosen a máquina y mujeres que se dedican a la construcción. Barberías en mitad de la calle. Puestos de fruta y verdura a pleno sol. Carnicerías en medio de cualquier sitio, con las moscas como protectoras absolutas de distintos trozos de carne, de vaya usted a saber qué animal. Templos que adoran a las ratas. Agua y leche en bolsas de plástico. Pies descalzos que lo aguantan todo. Hasta el asfalto abrasador a más de 40 grados.

Colores en la ropa, en el pelo y en la cara. Piercings, pulseras y tatuajes. La suciedad es inevitable pero no está reñida con la elegancia. Escupitajos sonoros que van y vienen. Tabaco de mascar. Miradas indiscretas. Escuálidas manos que te tiran de la ropa al grito de “buca, buca”, reclamando algo que llevarse a la boca. Son niños, hambrientos, muchos de ellos explotados por adultos o por mafias que los utilizan para hacer negocio.

Bicicletas que se convierten en fruterías ambulantes, en tiendas de telas o en el transporte oficial de reparto de bombonas de gas. Cocineros en plena calle, que primero utilizan la espátula para darle a una vaca en el lomo y alejarla del fogón, y luego la introducen en una cazuela para darle la vuelta a algo bañado en aceite hirviendo, y que minutos más tarde servirán como el mayor de los manjares.

Tuk tuks tetris con hasta 8 personas a bordo. Motos que se convierten en familiares con 4, 5 y hasta 6 plazas, dependiendo del número de críos y su tamaño. El tamaño de los críos. El de las motos es siempre el mismo. Viajan todos sin casco, claro. Y los mayores delante para que vean bien la locura del tráfico y aprendan a manejarse en el caos desde la cuna a golpe de claxon. Adelantamientos por la izquierda, por la derecha, o entre vaca y vaca. Sonidos de claxon que funcionan como intermitentes sonoros. El que más pite, más rápido avanza entre el caos de animales, personas y máquinas.

Autobuses escacharrados que recorren distancias eternas por carreteras imposibles. Botes de competición en la parte de atrás de un autobús con las ventanas bien abiertas y sin cinturón. Estaba claro. Todo al borde de un precipicio con vistas al lago, curvas al ras y sin bajar la velocidad. Los dioses nos protegen.

Conductores de tuk tuk que paran en un templo a rezar, o a tomarse un zumo de caña, mientras te llevan a tu destino. El cuentakilómetros y las prisas no existen. Gente dormida en casi cualquier parte: en el duro suelo de una estación, en una esquina mugrienta, o en la parte de atrás de un rickshaw o de un tuk tuk, siempre en posiciones nada envidiables mientras se les cae la baba de gusto.

En India hay pobreza, hay suciedad, hay enfermedades, hay ruido, hay egoísmo y hasta engañismo. Es la picaresca de la pobreza. Pero también hay sociabilidad, gente que te ofrece sin esperar nada a cambio, personas que te abren la puerta de su casa, niños que te regalan sonrisas y compañeros de vagón que te ofrecen todo lo que tienen, sobre todo una buena conversación llena de preguntas curiosas.

Un lugar en el que todos los días son iguales, donde nadie piensa en cuánto falta para el viernes o en si les tocará la lotería el sábado. Donde cada mañana es un día más por el que dar las gracias. Donde los domingos los niños lucen sus uniformes escolares y pasean hacia el colegio en busca de una nueva lección para un futuro mejor. Un lugar en el que nadie canda la bici ni la moto. A nadie se le ocurriría llevarse algo que no es suyo. De lo contrario, alguno de sus 36.000 dioses podría enfadarse mucho. India es un país seguro. Donde, si no fuese por las evidentes carencias, las uñas permanentemente negras y la insalubridad total, te sentirías como en casa a miles de kilómetros.

India es el paraíso de los colores y las miradas que atrapan. El sueño de los observadores y el país más fotografiable del mundo.

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