Cabo Polonio: un lugar para quedarse

Me despierto nerviosa en mitad de la noche. Sólo faltan unas horas para salir hacia Cabo Polonio. He oído tantas maravillas de este lugar que me cuesta conciliar el sueño de nuevo. Tras dar varias vueltas en la cama consigo dormir un par de horas más hasta que, por fin, un rayo de sol se cuela por la ventana. Ahora sí, me levanto de un salto.

Dejo atrás Punta del Diablo, precioso pueblo costero donde he pasado los últimos dos días. Y me monto en uno de los pocos autobuses que se encaminan hacia “el cabo”, como lo denominan cariñosamente aquellos que conocen bien la pequeña aldea de Cabo Polonio. No hay ningún autobús directo desde Punta del Diablo, por lo que hago transbordo en la estación de autobuses de Castillos. Tras esperar unos treinta minutos me montó en el autobús que me dejará lo más cerca posible de mi destino, en Valizas.

Cabo Polonio se encuentra en la costa uruguaya, dentro del departamento de Rocha. Se accede por la ruta 10 y está a 264 kilómetros de Montevideo. Tiene tres pequeñas islas frente a su costa: La Rasa, La Encantada y el Islote, conocidas como las Islas de Torres. Cabo Polonio es una pequeña y rústica aldea dentro de un área protegida, que fue declarada área nacional bajo la categoría de parque nacional en 2009. Por este motivo no está permitido el acceso de vehículos. Eso hace que llegar hasta “el cabo” sea aún más emocionante.

Sólo existen tres maneras de llegar. Una de ellas es caminando entre las dunas y el bosque a lo largo de unos 7 kilómetros. Otra es alquilar uno de los caballos que se rentan en las proximidades, y cabalgar entre las dunas hasta la orilla del mar. Y la última manera, y más común entre el turismo internacional, es montar en uno de los vehículos autorizados, normalmente un camión que parte cada hora desde Valizas y tarda unos 30 minutos en llegar hasta una improvisada estación.

Yo he elegido esta última opción. Compro un ticket para el camión y me hago paso entre un puñado de turistas para acercarme hasta él. Consigo sentarme en la parte delantera para ver la carretera de arena en primer plano. En cada camión caben unas cuarenta personas. Yo coincido con un grupo de mujeres argentinas, concretamente de Córdoba. Dicen que los cordobeses de Argentina son un poco como los andaluces de España, dicharacheros y divertidos. Algo que compruebo al poco de comenzar el recorrido. Las risas y las bromas nos acompañan durante los treinta minutos de trayecto. Al llegar me despido del grupo con una sonrisa y comienzo a mirar a mí alrededor.

Nada más llegar uno se da cuenta de lo que le espera: calma y tranquilidad en un entorno mágico y aislado de todo. Cabo Polonio es uno de esos lugares que enamora a primera vista. Es como huir a un lugar donde nada más existe. A penas un puñado de pequeñas casitas de madera, pintadas de llamativos colores, alguna que otra tienda de artesanía regentada por los pocos habitantes de la aldea, pequeños restaurantes donde degustar el pescado fresco de la zona, y como protagonista estrella: el faro.

El faro es lo primero que llama la atención cuando uno se aproxima a la aldea porque está situado en lo alto de un collado. Fue construido en 1881, tiene una altura de 39´7 metros y un alcance lumínico unas 20 millas. En 1976 fue declarado monumento histórico y lo que no se puede negar es que el faro dota de personalidad y armonía a esta atípica aldea costera. El faro da destellos de luz cada doce segundos, y disfrutar por la noche de esos instantes de oscuridad bajo las estrellas es algo mágico para turistas y habitantes.

Durante el año la población estable es muy pequeña y está formada principalmente por pescadores, artesanos y los cuidadores del faro. Pero este número se ve aumentado considerablemente en la época estival, de enero a marzo. En estos meses crece tanto la población como la actividad. Más restaurantes, posadas, proveedurías y puestos de artesanía abren las puertas, y el alquiler de pequeñas casas se ve incrementado. Un dato a tener en cuenta es que sólo se permiten construcciones de hasta 55 metros cuadrados, y las pequeñas casas están construidas a base de troncos, madera y chapa. Muchos son los turistas que deciden cambiar confort por tranquilidad. Y es que en Cabo Polonio la mayoría de las casas no disponen de agua ni de energía eléctrica. Es más, una de las características del lugar es que ni siquiera hay alumbrado público. Por eso la noche es un momento idóneo para relajarse observando las estrellas o para reunirse alrededor de una cálida hoguera a contar historias.

Historias, por ejemplo, sobre la procedencia del nombre de Cabo Polonio. Y es que hay varias leyendas alrededor de este dato. Una de ellas parece haber logrado mayor credibilidad. Por lo visto el nombre deriva del apellido del capitán de un antiguo galeón español, Joseph Polloni, que naufragó en las inmediaciones del cabo en 1753.

Una buena manera de disfrutar de la belleza y el encanto de Cabo Polonio es sentarse en uno de los pequeños restaurantes en la orilla del mar y degustar la gastronomía que nos ofrece la naturaleza. Ortigas de mar, mariscos o pescados como el pejerrey, hacen las delicias de los más exigentes a la mesa. Y estando en Uruguay no podemos olvidarnos de mencionar el mate, esta hierba amarga que tanto gusta compartir bajo el cálido sol, bien sólo o con un poco de azúcar.

La belleza natural que nos ofrecen sus tranquilas playas, las dunas de arena de hasta 30 metros de altura declaradas monumento natural y una magnífica reserva de lobos marinos que conviven en armonía con la naturaleza en las agua del océano Atlántico, hacen que Cabo Polonio haya sido definido como un auténtico paraíso por aquellos que buscan huir de un mundo globalizado movido por las tecnologías, el petróleo y el dinero. Cabo Polonio es un lugar donde el tiempo pierde el sentido, donde las preocupaciones desaparecen, donde llevar a cabo una forma de vida distinta es posible. Cabo Polonio es un lugar donde quedarse a vivir para siempre.

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